Entre entristecido y escandalizado, percibo de un tiempo a esta parte una avalancha de malas noticias de estrellas y drogas. No quiero pecar de puritanismo, no dejaré que me posea el espíritu de campaña ingenua de Mister T y también evitaré hacer leña del árbol caído, pero ando desagradablemente sorprendido por lo que me parece una racha particularmente intensa de adicción en el star-system.
Soy consciente de que ha habido épocas todavía más negras, pero creo que este supuesto rebrote es especialmente llamativo por dos razones: primero, porque los medios ya definitivamente no tienen ningún reparo en airear las miserias de los que parecen menos miserables; segundo, porque el consumo de drogas en la mayor parte de los casos últimamente no se puede explicar como un simple air du temps, propi0 de otras épocas donde un espíritu fuertemente subversivo se sumaba a cierto desconocimiento del peligro real de las adicciones, sino simplemente como la derivación funesta de dramas personales.
Las travesuras de Kate Moss y Peter Doherty en su momento más bien nos dieron cierto divertimento frívolo. De la hoy presunta víctima de trastorno bipolar Britney Spears nos empezamos riendo, pasamos a detestarla por su excentricidad irresponsable, y no sé ustedes pero a mí me ha acabado por dar una pena tremenda, pues por lo que parece se trata de problemas psiquiátricos serios. Y asistimos -mediáticamente, claro- a bajas demoledoras.
Heath Ledger murió hace poco de una sobredosis de somníferos que probablemente jamás sepamos si fue buscada o accidental. La prensa, una vez más, actúa como en esos entierros americanos, familiares gracias al cine, que se hacen acompañar de un banquete, y que nunca dejarán de recordarme a los ritos primitivos en los que se devoraba el cadáver. O como esas viejas que hay en todo entierro que dan el pésame con elaborada aflicción para luego juntarse en una esquina a chismorrear sobre la mala vida que había dado el muerto a su mujer o lo que se van a pelear ahora sus descendientes por la herencia. Si el interés está en desvelar la presunta infelicidad de Heath, la mayor parte de estos artículos resumen su currículum como actor en cuatro pinceladas wikipediescas y, por supuesto, añadiendo tinta a la proclamación de Heath Ledger como "aquel que una vez hizo muy bien de cowboy gay", algo que me revienta.
Hoy por casualidad, o más bien porque la ponían en la tele, vi El cliente (Joel Schumacher, 1994) con Susan Sarandon en la piel de una abogada que protege a un niño de la amenaza de la mafia y los vapuleos de los federales. Encontré que la actuación del peque de diez años era excelente, sobre todo teniendo en cuenta que el papel era más complicado que el de la mayor parte de los canijos laureados por actor o actriz revelación. Me pregunté qué había sido de ese chiquillo, e imdb.com me informó de que se llamaba Brad Renfro, continuó con una carrera como actor que no le dio categoría de estrella pero sí le permitió trabajar con grandes como Dustin Hoffman o Brad Pitt... Murió de sobredosis de heroína justo una semana antes de Heath Ledger, que le había arrebatado el papel en El patriota. Y porque la vida está llena de paradojas crueles, la primera actuación del pequeño Renfro había sido en una obra de teatro del cole, esponsorizada por DARE, un programa de prevención anti-droga. Años más tarde, adicto y en continuos encontronazos con la justicia, lanzó un consejo a sus fans:
"If you've never tried drugs, DON'T. And if you have, pray"
("Si nunca has probado las drogas, no lo hagas. Y si lo has hecho, reza").
No quiero acabar con este tono alarmista, así que aligero el discurso: mis últimas dos sorpresas han sido las adicciones reconocidas por Kirsten Dunst (al alcohol) y Eva Mendes. A Kirsten yo la tengo en un pedestal y quizás por eso no lo haya visto venir en su mirada traviesa de joven prodigio, pero lo de Eva Mendes, bomba latina, no me lo esperaba. Casualidades de la vida, las dos han pasado, aunque por separado, por el mismo centro de rehabilitación que Lindsay Lohan (a esta sí le pegaba).
No quiero acabar con este tono alarmista, así que aligero el discurso: mis últimas dos sorpresas han sido las adicciones reconocidas por Kirsten Dunst (al alcohol) y Eva Mendes. A Kirsten yo la tengo en un pedestal y quizás por eso no lo haya visto venir en su mirada traviesa de joven prodigio, pero lo de Eva Mendes, bomba latina, no me lo esperaba. Casualidades de la vida, las dos han pasado, aunque por separado, por el mismo centro de rehabilitación que Lindsay Lohan (a esta sí le pegaba).
Se trata de Cirque Lodge, una especie de albergue bucólico en Sundance, Utah, en mitad de la montaña (foto de arriba). En vista de la web, dan ganas de confesar lo del porrito de vez en cuando y las borracheras periódicas para que te dejen pasar una temporada (no he mirado las tarifas, aviso). No falta tampoco la típica foto del hombre sonriente dándote la acogida. Además, no deja de tener cierto atractivo la imagen de Cirque Lodge como una especie de balneario superpoblado de estrellas. No lo digo con burla; los actores, actrices, cantantes, etc. que tengan que ir, que vayan. A ese centro o a otro menos chic. O que no se dejen devorar por la soledad de la cima y el agobio de los flashes y se apoyen en su familia, sus amigos, un buen psicólogo, antes de que el barco se hunda. Por ellos, más que nada. Y también por nosotros, para que sigamos disfrutando de su arte.

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